AL AMOR DE LA LUMBRE

Con un poquito de nostalgia por estos últimos coletazos de invierno hago un homenaje al otoño y al invierno, y al recogimiento al que nos obliga.

 

AL AMOR DE LA LUMBRE

Se van cayendo,

las horas de la tarde,

las hojas de los árboles.

 

Nos vamos recogiendo,

como juguetes en la caja,

como niños obedientes en la casa.

 

Y los árboles fuera

van remando sus hojas

se van doblando al viento a solas.

 

Dentro,

todo es silencio mayúsculo

NADA, palabra encantada (detrás del muro).

 

Fuera,

todo rugidos distantes,

nada en brazos abarcable.

 

El fuego de la hoguera entre la chimenea

nos abriga en todos los recuerdos que han pasado,

nos dormita en los sueños de un futuro robado,

 

y cuando el fuego se extingue en las horas

llega el nuncio del sueño a acunarme en el limbo

como perdón eterno, hundido en el olvido.

 

© de Nalimo Gutiérrez

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EN TU AUSENCIA

EN TU AUSENCIA

En tu ausencia,

mientras tú no estabas para recibir mis besos,

mientras toda la noche la devoro en la luna,

mientras salto los charcos, los que anegan mi cielo,

mientras se dobla toda  la columna de mi árbol,

mientras busco tu techo yo bajo las estrellas,

mientras la oscuridad en el túnel del tiempo,

mientras no existe el mundo,  mientras no hay más planetas,

mientras el caos gobierna el vértigo en la nada,

mientras no hallo la brújula, la que me marque el Norte,

mientras el Norte, el Sur, Este y Oeste, tú,

mientras todo pregunto y la nada es respuesta;

 

en tu ausencia,

lanzo besos en sondas espaciales,

no agoto todo el hambre de tu tiempo,

no logro caminar sobre las lágrimas,

recojo tus recuerdos desde el suelo,

me abrigo en las estrellas y su frío,

yo sueño en mi máquina del tiempo,

recojo del recuerdo los escombros,

me tambaleo en el vacío del vértigo,

yo giro y giro como en un tiovivo,

vivo sin dirección como un sintecho,

albergo en la duda tu certeza;

 

en tu ausencia,

yo besaré tu estela,

yo detendré tu tiempo,

me secaré las lágrimas,

veré la primavera,

te detendré el tiempo,

reconstruiré tu mundo,

calentaré tu espera,

seguiré en este punto,

respetaré tu ley,

y mantendré tu rumbo,

tú, serás mi respuesta,

 

en tu ausencia.

 

© de Nalimo Gutiérrez

¿SOY ÉSE YO? (O EL MISTERIO DE CUANDO DESAPARECÍ AL CAER POR LA MADRIGUERA)

¿SOY ÉSE YO? (O EL MISTERIO DE CUANDO DESAPARECÍ AL CAER POR LA MADRIGUERA)

¿Cuántas veces nos sorprendemos al leer algo que habíamos escrito tiempo atrás, y dudamos de si esa persona y nosotros somos el mismo? Me alegra descubrir que esta misma sensación la comparte más gente. El otro día cayó en mis manos una reseña sobre el último libro de la escritora francesa Anna Serre: Voyage avec Vila-Matas. A lo largo de mi lectura afloran en cursiva las siguientes palabras de la autora (la traducción es mía): “El escritor que escribe sus libros no es la persona que está delante de vosotros. Nunca. La que está delante de vosotros tiene romances, una vida familiar, una bata, no le gusta el porridge, fuma demasiado, va todas las semanas al fisio, acaba de comprarse un abrigo nuevo, pasará sus próximas vacaciones en la Saboya. Sin embargo ésa, no es la que ha escrito un libro. La que ha escrito un libro no tiene cuerpo, no se la puede tocar, hasta es invisible.”

Tal vez el juego o fingimiento de creernos otro u otros, en un intento de abarcar el mundo, nos hace olvidarnos tanto de nosotros mismos… En otros casos, el de escritores “autobiográficos”, como el haitiano Dany Laferrière,  nos pone en duda de qué es real y cuál ficticia. Estamos constantemente borrando fronteras hasta en nuestros diarios, al punto de no reconocernos. El mejicano Sergio Pitol recuerda que “un novelista es alguien que oye voces a través de las voces y con ellas va trazando un mapa de su vida”, o se pregunta “si escribir ficción no será como recordar algo que no ha sucedido y de lo que retenemos fragmentos”. Lo cierto es que en ese rapto que escribimos, a veces, aparece ese vacío reflejo en el que avanza la palabra sola, y con ella la historia, sin que nosotros tengamos control alguno sobre la vida de ese mundo inventado que, al mirar nuestra rutina diaria, queda tan lejos de nosotros mismos… Parece como si esa mano, que nos pertenece, fuera la de un ser invisible a la que somos completamente ajenos, y que obedece a sus dictados ante nuestro pasmoso asombro tras ese tiempo de ausencia. Cuando la consciencia regresa, las páginas ya no siguen en blanco. Alguien, no sé quién, parece haber hurgado en nuestras cosas y haber convencido los espacios en blanco para contarnos una historia que, entre sueños, nos suena, pero cuyo resultado final se perfila ante nuestros ojos de sorpresa con toda una suerte de entresijos que, con toda seguridad, nunca habíamos previsto. Es como si la historia se hubiese escrito a sí misma. Los personajes cobran vida, toman sus propias decisiones, te roban la mano para dejar testimonio de su propia existencia. De pronto, la historia ya está escrita. Si bien conocíamos perfectamente bien el principio y el final del relato, como apunta Borges, lo que pasa entre el principio y el final es algo que bien escapa a nosotros. Y, en el caso de la novela, hasta modifica muchas veces el final.

¿Hasta qué punto existe el autor? ¿Hasta qué punto el lector se hace coautor? Para cuando queremos acordar el autor ha desaparecido. Se han borrado sus pasos, y lo único real que queda es la historia. Quizá ni eso. La historia se hace varias y la misma cuando la viven los lectores. Mucho se ha hablado sobre este tema desde Barthes, Foucault y Derrida.

 

© de Nalimo Gutiérrez

IGUALDAD DETESTABLE

 

IGUALDAD DETESTABLE

Los cuartos que se odian,

siguen cerrados,

el uno frente al otro,

de espaldas sin mirarse.

Se miran al espejo,

y el reflejo de ellos

es el vivo retrato

el uno al del otro.

Cuando suena su música:

la misma melodía,

distinta partitura.

Tan iguales sus fuerzas,

creyéndose distintas:

tienen el mismo polo,

por eso se repelen.

© de Nalimo Gutiérrez

UN REGALO DE REYES

UN REGALO DE REYES (: poética)

Un cuenco de palabras

sirven a desnudar

la verdad de un misterio

que se va componiendo,

ante tu asombro,

en base a una gimnasia

que voltea y redoma

las pulsiones dormidas

del eco de un oráculo,

te rodean, te acorralan,

y caen sobre ti.

Así que entonces

te tratas de escapar de

su camisa de fuerza.

La angustia se convierte en

redoble de tambor.

Se suelta una correa,

después la otra,

y las demás le siguen.

No creías escapar,

y sacas un conejo

saltando entre tus dientes

(las manos aún atadas)

de una chistera

que parecía invisible

pero que estaba ahí.

Después viene el bouquet-

las flores más hermosas-,

el trino de un jilguero.

Con las bocas abiertas,

incluida la mía,

las manos se soltaron.

No hubo reverencia,

ni tampoco aplausos.

Tal vez, tan sólo

quedó la boca abierta

helada de estupor,

sonrisa agradecida,

los párpados cayeron

lentos como telón.

Las butacas vacías,

y sólo tú

te das la vuelta entonces

como si el espectáculo

nunca hubiera existido.

 

Por la mañana,

encima de la mesa,

tan sólo una hoja

con una pluma al lado,

y unos versos vencidos

escalonaban

el blanco del papel.

 

© de Nalimo Gutiérrez

¿NARRATIVA, POESÍA O EL TODO?

¿NARRATIVA, POESÍA O EL TODO?

La idea de poesía como revolución de la prosa podríamos señalarla en tres casos concretos de autores de reconocido prestigio como Agustín Fernández Mallo, Paul Auster y Enrique Vila-Matas. Fernández Mallo partió de la poesía y su ensayo de lo que llamó Postpoesía hasta saltar a su Proyecto Nocilla. Cuando lees la Poesía completa de Auster, en su versión bilingüe, del poeta y traductor Jordi Doce, éste último señala y destaca en el prólogo cómo la obra poética de Auster fue la cimentación conceptual de toda la producción novelística que vendría después. Por su parte Vila-Matas, en el extenso prólogo a su Narrativa 1973-1984 reunida bajo el título En un lugar solitario, empieza por admitir que cuando empezó a escribir sólo había leído poesía y que su primera novela era un monólogo poético sujeto a leyes líricas nutrido con la escritura automática. Posteriormente leería de él su recomendación de no leer poesía antes de ponerse a escribir prosa. No obstante esta última observación, qué duda cabe que la poesía hizo su rica aportación a nivel analítico y conceptual a la hora de iniciar un camino original y de renovación en la narrativa tan destacado como el de estos autores.

Por otro lado, cuando en mayo de 2018, Pere Gimferrer fue a recoger el Premio Federico García Lorca respondió a la pregunta del proceso de la creación poética de una manera directa y sencilla. Primero partía de un brote de sonoridad o musicalidad como origen para iniciar la creación. En última instancia señaló la necesidad de leer prosa con el objetivo de que la poesía no siguiera retroalimentándose de sí misma y siguiera enriqueciéndose. Igual que para punto de partida mi humilde experiencia es bien distinta ( bien parto de una frase o imagen con fuerza y me debato como un escapista en una camisa de fuerza sin saber adónde voy y cada paso se encadena a otro con la sorpresa siempre por delante, o bien la idea está plenamente madurada y formada tras un proceso lento y laborioso reposo y se plasma directamente sobre el papel); en cuanto a la segunda observación, y dado el largo recorrido de Gimferrer, parece sensato prever que después de largas y detenidas lecturas poéticas de aprendizaje, para descubrir algo nuevo y avanzar deberíamos abandonar la zona de confort de lo conocido para adentrarnos en nuevos universos por explorar en la expresión y en las ideas. En la forma, claros ejemplos de prosa poética son Ocnos de Luis Cernuda, La estación azul de Javier Lostalé, por citar algunos, o el slam como forma poética oralizada en donde la realización o performance marcan la pauta, aquí está de actualidad César Brandon Ndjocu gracias a su impacto televisivo, o bien los blogs que han dado como resultado las nuevas tecnologías y han abierto el panorama de una forma total.

Desde la ortodoxia parecen darnos pistas de hacia dónde se pueden abrir nuevos horizontes. Desde géneros tan supuestamente alejados como poesía o narrativa se promulga la necesidad de un trasvase del uno al otro como una necesidad de supervivencia. La desaparición de fronteras entre géneros parece ser lo que muchos señalan. Dentro de nuestras fronteras podemos destacar la labor de Vila-Matas en su esfuerzo por desdibujar los límites entre ensayo, cuento y novela. Sin embargo, lejos de nuestras fronteras, en el minúsculo y pobre Haití, y en los años 60, se inició el movimiento espiralista como género total  con autores como Frankétienne y Jean-Claude Fignolé, quienes mantienen la práctica del espiralismo viva. A pesar de todo la cuestión estaría en saber hasta qué punto esta experimentación tiene cabida más allá de los circuitos academicistas y de la crítica, y se puede hacer compatible con los gustos del público.

 

© de Nalimo Gutiérrez

 

LA LITERATURA O EL JUEGO DE SENTIR Y VIAJAR CON LA IMAGINACIÓN

LA LITERATURA O EL JUEGO DE SENTIR Y VIAJAR CON LA IMAGINACIÓN

Hace tiempo viajé al norte de Portugal, acompañado de mi mujer, en lo que pretendía ser el broche final de lo que nos faltaba por ver del país vecino, así como un paréntesis de olvido de las obligaciones y el trabajo diario. Cuando el guía del circuito informó de la  posibilidad de visitar esa tarde la hermosa Biblioteca Joanina de la Universidad de Coimbra, no tardé mucho en sumarnos a la lista de visitantes. Ya sabía de ella por algún documental, y la experiencia fue única. Lástima que no se permitieran fotografías ni grabaciones dentro, que dejaran un recuerdo más tangible que un fugaz flash en la memoria. Sin embargo, esta visita, supuso un extra. Como lector empedernido y compulsivo comprador de libros (en papel, por supuesto), la visita más ansiada la había previsto para el día siguiente en Oporto: la Livraria Lello. Más allá de la mediática imagen de la librería de Harry Potter que nos quieren vender, me movía el comentario de Enrique Vila-Matas: “la más bella librería del mundo”. Ya sabía por mis pesquisas en internet que cobraban entrada, aunque ésta se deducía del precio del libro que compraras, si es que te animabas a comprar uno. Por supuesto que ya tenía pensado el libro que compraría. De entre los muchos autores que hay, sólo había leído una antología de Fernando Pessoa. De sus cuatro heterónimos me gustaba más Alberto Caeiro, y en particular su O guardador de rebanhos. Después de una visita, con la boca abierta, por la fabulosa escalera recurvada, su vitral en el techo, el encanto de viajar en el tiempo por unas añejas estanterías y una sala cerrada con ejemplares raros, me dirigí a una dependienta para encontrar el libro que buscaba. Me tuve que conformar con la Poesía Completa de Alberto Caeiro en un tomo con una fotografía en verde de Pessoa en la portada. Al salir de la librería, con mi libro en la mano, se me ocurrió abrirlo. Me topé sorprendido con un prólogo escrito por Ricardo Reis, en el que empezaba con datos biográficos de nuestro Alberto Caeiro. Un Fernando Pessoa que finge ser Ricardo Reis, que a su vez nos cuenta datos de la vida de Alberto Caeiro, que no deja de ser él mismo a su vez (datos “imaginados”). Faltaba ya sólo invocar a Álvaro de Campos para ponerlos a tener juntos a los cuatro una tertulia convocados en un único cuerpo. ¡Qué locura! No pude evitar pensar en lo que me ocurrió cuando presenté uno de mis poemarios. Se me ocurrió comentar que, en algunos casos, podía parecer que se escuchaban distintas voces en el poemario como resultado de la dilatación en el tiempo, distintas experimentaciones y distintos puntos de vista. Sin embargo, anecdóticamente, una oyente se tomó esto como algo literal. A lo que respondió que ella había hecho un cursillo de psicología y que eso que me ocurría tenía tratamiento. Nada más fuera de lugar que aquel desafortunado comentario, después de una lectura poética, en el marco de un taller de escritura de relatos. Denotó que la participante del taller se había perdido una de las clases básicas que conforma uno de los instrumentos imprescindibles en la creación literaria: el juego literario que Pessoa llamaba fingimiento. Así, Enrique Vila-Matas, en su ensayo, también ambientado en Portugal, Janelas Verdes’ Dream, toma la siguiente cita de Ricardo Reis ( o lo que es lo mismo, Fernando Pessoa):

Dicen que finjo o miento cuando escribo.

No. Yo simplemente siento

con la imaginación: no uso el corazón.

De modo que Vila-Matas pone el acento en ese juego literario que “exige sentir con la imaginación”.

 

Siguiendo con ese mismo juego literario que exige sentir con la imaginación, y, por qué no, jugar con el lenguaje, recuerdo una anécdota que me ocurrió cuando regresaba de un viaje con un conocido que era periodista. Cuando salíamos, temprano en la madrugada, del hotel, le dije algo aproximado a :”Abandonamos el hotel, y, en la oscura noche, nuestros bolsos cargan nuestros pesados cuerpos dormidos.” Él pronto se apresuró en corregir con exactitud que nosotros éramos los que cargábamos los bolsos y no a la inversa. Tal vez por lo temprano, y el sueño, no quise entrar a defender mi punto de vista. Lo cierto es que siempre he pensado que el lenguaje al cambiar su uso cotidiano, gana en fuerza expresiva señalando otras intimidades de la realidad, desde el ojo subjetivo de quien los señala. Así, esa animación o personificación de los bolsos, y esa cosificación de nuestras personas, pretendían exagerar nuestro automatismo, y que quizás eran los bolsos los que nos llevaban entre sueños, porque se sabían mejor nuestro destino, que estaba escrito en una etiqueta del bolso de viaje. Precisamente este uso poco habitual del lenguaje es el que siempre me ha parecido cautivante: poder sacar magia de lo que, por cotidiano, pasa desapercibido y podría sentirse de otra manera: “con la imaginación” y no con el corazón. Participar del juego de viajar con la imaginación que ofrece la literatura.

 

Aquel viaje no sólo cerró una etapa que abría nuevos caminos, sino que me afirmó en la necesidad de no dejar de viajar, incluso hasta llegar a tomarme unas vacaciones de mí mismo siguiendo a Pessoa, que todavía puedo recordar mientras veía su estatua, con un café en la mano, desde la terraza de una cafetería lisboeta.

 

© de Nalimo Gutiérrez