A MOVEABLE FEAST

A MOVEABLE FEAST

“..Paris is a moveable feast.”

Ernest Hemingway

                   I

Un tiovivo, de calle en calle, barrio

en barrio, de bistró en bistró, de fiesta

en fiesta, un París que no termina,

un París que sonríe Sena abajo.

 

Notre-Dame, jorobado confinado,

isla aislada, entre aguas oculta.

Arte, bandera o estandarte, luna,

recuerdo en la Torre Eiffel izado.

 

Quartier Odeón, la Brasserie Lipps,  Dos Passos

a Hemingway, a Scott Fitzgerald, vino

en mano, mano a mano con el vino,

mitos del arte en noche embriagados.

 

Toro, y banderillas en la fiesta,

perdidos en el vino, que amanezca.

 

 

 

II

Ernest Hemingway visita solo París

tras la Segunda Guerra Mundial.

Es otro Normandía

para desembarcar,

para recuperar momentos míos

sentado en la terraza con el café del tiempo.

Sorbo a sorbo declino los minutos,

declino las palabras

y analizo caso a caso mi vida,

gramático en la investigación

del día a día de mi yo pasado.

Me retiene el llanto del silencio

de la silla de enfrente, hoy sola.

Convoco o invoco, ¡¿qué más da?!

Mis olas siguen puente a puente el Sena

derribando barreras

donde el tiempo no llega,

donde mis sueños llegan.

 

Una paloma gris levanta el vuelo,

Con mis alas la sigo.

 

 

Subo, en el tiovivo,

en la noche me subo,

giro, y giro giro

divertido en las brumas

confundido en el vino,

(él, que siempre me dice la verdad).

Y me muevo de fiesta en fiesta solo,

de pie, de barra en barra

me dispensan tristeza

envuelta en papel de caramelo.

Sedado en ambrosía , los más bellos poemas

camino abrazado a las farolas.

Son los acordes donde

el silencio que nace

tras la lluvia me esconde.

Me despierto en el frío,

la taciturna historia

de un pasado perdido,

un presente que pierdo.

 

Me levanto, y hoy

no es otro Normandía,

es otro nuevo día.

La guerra ya acabó.

No necesito volver a París.

Yo solo me levanto y me voy.

La terraza se queda,

y hoy…

mi vida empieza.

©de Nalimo Gutiérrez

VERANO SIN CIUDAD

VERANO SIN CIUDAD

 

Poema “1966”

de Luis García Montero

 

Huir de la ciudad,

sedicioso desván

con los bolsillos llenos de postigos.

Calor inveterado

junio, julio y agosto.

Con el coche ahíto:

flotadores, sombrilla y nevera,

toallas y demás.

 

Loción solar, y tu sonrisa al viento

deambula encima de las olas

escaleras mecánicas de fondo.

El mediodía peina

la hora del espeto,

la cerveza ahogada por la escarcha.

El sol se queda aburrido, siempre

esperando  la muerte de la siesta

que arpean los ronquidos.

La sal que se derrite en la ducha,

la cena evaporada.

El helado que te pasea va

dulce, camina por el malecón

que es tu comisura.

Tabaco, ron y música:

el mundo de la noche.

 

… y hoy,

tu frente en la carretera

arpegios de recuerdos,

mientras el maletero

se carga tu involuntad  tan triste,

se carga con las piedras de septiembre,

descargas tus maletas,

y subes tus recuerdos

al cálido desván.

© de Nalimo Gutiérrez

OCASO EN LA NOCHE

OCASO EN LA NOCHE

Los muslos sin cortinas

se abren, un tocadiscos de monedas

cabalga por la barra americana,

equitación saltando los cubatas.

 

Se esnifan los cristales del lavabo

con el vidrio en los labios

terminados de ocaso.

 

Sale. La puerta muere con la música

y la música muere con la vida.

Arrastrado en el frío,

la soledad del tiempo

lo conduce a su casa.

Llanto de bebé suena,

la sábana se mueve,

pero la luz se ríe,

la rueda de la nada.

 

 

© de Nalimo Gutiérrez

HOY HA VENIDO LA MUERTE A LLAMAR A MI PUERTA

HOY HA VENIDO LA MUERTE A LLAMAR A MI PUERTA

Hoy ha venido la muerte a llamar a mi puerta. Una vieja candorosa con un regusto a repulsa. No sé por qué. Me sentía incómodo mientras me hablaba a pesar de sus palabras suaves y su tierna sonrisa de viejecita indefensa. No sé por qué. Me ardía algo en la boca del estómago, y yo complacía más por cortesía y compostura sus palabras y sus gestos. No sé por qué. Algo me decía que tenía que alejarme de allí, que tenía que alejarla de mí. Se había presentado con esa amabilidad a la que uno no sabe decir que no, y tiene que hacerlo pues sabe que se arrepentirá. Se me secaba la garganta igual que en los horrores más temidos. La paz y la tranquilidad del momento me intranquilizaban. Esa señora respetable me hacía sentir que, aunque rudo, debía despedirme de aquella viejita, y dejar aquella charla para mejor ocasión. Mientras me despedía sabiendo que nos volveríamos a ver, sentí esa liberación que como un sexto sentido nos descarga de una angustia que aunque irracional sabía que tenía mucha razón de ser. ¿Hasta dónde era verdad ese instinto de supervivencia? ¿Hasta dónde podía sentirme culpable y maleducado?

Se me abrieron los ojos, y sin saber ni cómo ni por qué estaba allí en la cama con los últimos sudores fríos recogidos en las compresas calientes que mi madre me pasaba por la frente. Su sonrisa en la cara me tranquilizó y su ya se fue el médico diciendo que lo peor había pasado, me indicó al borde de qué abismo me había asomado. Conforme se volvía para llevarse la palangana y las compresas ya usadas, me dedicó una sonrisa que, sin saber por qué, sentí malévola y dulce de ancianidad a la vez. Sabía que por allí había pasado esa viejita, y que ese rostro roturado por la edad era la edad misma, que había estado allí. Sí. La muerte en forma de viejita dulce me había visitado y ese amago a través de una sonrisa invasora en la mueca de mi madre me hicieron saber que siempre había estado ahí y va a estar ahí. Una viejita fiel, cariñosa y cruel a la vez que no sabemos abrazar salvo cuando ya no nos queda más remedio. ¡Hasta otra ocasión! Aunque tú ya sabes que las ocasiones para tal cita no van a dejar de existir, las rehúyes como puedes.  Al menos hasta que el bastón no te permita huir y tu ancianidad te permita tratar de tú a tú a esa viejita y no tenga ya más secretos que esconder pues el cansancio sea el motivo para sentarte con ella a charlar y tomar con ella un último café.

© de Nalimo Gutiérrez

AJEDREZ DE RECUERDOS

AJEDREZ DE RECUERDOS

 

I

Sobre el paisaje de la mesa hay

la desolación de despojos de una

era ablentada por viento divino,

sólo el vino se ríe en la botella

y las copas que temblorosas vibran

al son ritmado de una mesa coja.

Huérfana la vajilla se despide

sobre un mantel que pecoso de migas

y los lunares del festín habido,

ávidos de silencio, diálogo desprecian

del campo de batalla entre arrugas trincheras,

bayonetazos leves por el mantel arriba.

 

La melodía uniforme de palabras,

carcajadas o signos disconformes

araban los discordes temas, que abonados

sobre el silencio levantaron bustos

jaleosos sobre pitanza exhausta,

los guiños de la abuela, la que cómplice

escuchaba al abuelo y sorprendía a los nietos,

inmóviles sus fichas, tablero derrotado

a la estrategia de un recuerdo hoy monolito de un pasado:

un alfil de maquis va recorriendo la sierra.

 

II

Son las horas expósitas del recuerdo noctámbulo

que ahogan las palabras del abuelo

en un frente, frente a frente la verdad desnuda:

la muerte en el campo de batalla.

 

Los lomos de una sierra hostil, la duda

sobre el hambre acuestas

tan pesada como un fusil o soga

que se amarra a tu cuello de angustia.

 

Esas palabras huérfanas, no dichas,

las adopta el silencio ( los ojos en el vino),

que se fue adormilando con sus divagaciones,

y las pupilas atentas e ingenuas

que subrayan lo contable

mientras callaba lo indecible:

que  el rojo y el negro quedaron vencedores,

libertad, igualdad, fraternidad, vencidas

sobre el blanco y el negro del tablero.

© de Nalimo Gutiérrez

EL FRÍO DEL CEMENTO

EL FRÍO DEL CEMENTO

Ladran las charcas de agua en asfalto

castigado por el claxon de los coches,  cara

a la pared del cielo.

El gorgoteo suena en las canales,

el viento azota las ventanas,

y yo repiqueteo ametrallado de agua,

desnudo sin paraguas,

agolpado en la esquina del recodo

de este río colándose en la boca del metro.

Y de regreso a casa,

mordido de empujones,

acuso la tristeza en sus ojos

ante el tribunal de mi mirada.

 

Liberado otra vez a la angustia del agua,

me escondo esquina a esquina,

y de un tejado a otro

en esa telaraña asesinada

por faros presurosos de los coches

huyendo incandescentes.

 

 

Alguien perdido bajo unos plásticos

queda,

yo voy al fuego del hogar.

Me remiendo con mi remordimiento—

¿ qué hacemos unos dentro

y otros fuera

de la vida?

 

Me despierta la calle blanca fría,

fríos los corazones y la vida.

 

La alegría sonríe,

el humo del café

se asoma de los plásticos desnudos

en el bar de la esquina.

© de Nalimo Gutiérrez

Un día sin nubes

UN DÍA SIN NUBES

Me acerqué a la frutería más cercana como el que tratar de apagar el fuego de un verano con la sombra glacial de un aire acondicionado, y porque también la sed y el hambre pesaban en mi cansancio confundiéndolos con el peso de aquel calor máximo —— hasta en aquellas fechas. Acuciado por aquel aire sorprendentemente en suspensión, el semáforo dio el pistoletazo para que huyera a una cola de abuelitas que amenazaban al frutero con su dámelos de los buenos. El frío me calmaba mientras llegaba mi turno y escuchaba al frutero contenido respondiendo que siempre lo hacía así. El agotamiento no me permitió alcanzar a ver su cara de tramposo, redonda e inmaculada cuando mis ojos sólo podían anclarse al suelo. Un suelo de granito gris reluciente como un anzuelo oculto detrás de la carnada. Pedí, cuando llegó a mí, medio kilo de peras con las que esperaba frenar la sed y el hambre del sol vertical. Vuelto de espaldas poco pude ver lo que metía en una bolsa opaca con el cuidado del huevero y del que deja plumas en la balanza. Pagué y salí decepcionado por no poder seguir allí un poco más. Crucé nuevamente al otro lado.  Levanté los ojos para sorprenderme. Unos tenis grandes, blancos hasta donde permitía la suciedad. Unos vaqueros azul lavado le seguían. Una camisa de mentiroso color blanco, enmarcaba unas manos y una cara que en la oscuridad no se verían. Nada en principio con lo que extrañarse de no ser porque todo ese conjunto venía embutido en un traje de sevillana blanco y de lunares verdes, la cremallera rota, los faralaes desmadejados, churreteado con los recuerdos de las últimas fiestas; un sombrero y un bolso de mano se sumaban a una cadencia sin gracia, destartalada en una masiva masculinidad que se reía de sí misma en la sombra de una cara desvelada por la luz. Una rutina que se paseó sin gastarse bajo el paraguas de un sol inhumano, sin por ello ingobernarse, como un aliado que insuflara su hálito en su sonrisa de haber regresado a casa y que desplegaba en ese escenario.

Me senté en un banco a la sombra con el ánimo de regatearle al cansancio unos momentos mientras comía una refrescante y jugosa pera. No quedaba lejos la avenida, ni tampoco el cruce en donde aquel traje de sevillana movido por los contoneos bruscos de esa sombra viviente, opaca, africana, divertía a los conductores retenidos por el semáforo mientras recogía algunas monedas gracias a su olvidado sentido del ridículo (su cuerpo ligeramente rollizo y alto daba buena cuenta de ello), regalaba la alegría de la sencillez. En cambio la ventanilla de un coche parado me devolvía una cara, la mía, sudorosa, padeciente, con los carrillos lentos y algo de jugo corriéndose sobre la comisura, la mano y el brazo recorridos por el mismo pegajoso y molesto líquido. El frutero dejó ver su trampa cuando al abrir la bolsa vi la fruta reventada por el calor y alguna tal vez oscura en el interior que asomaba. Con el disgusto quejumbroso en unos labios que no quise adivinar, me apresuré a la papelera más cercana. Levanté la cabeza, y esta vez en vez de burlarme del descaro con que hacía reír aquel negro a todos agitándose sobre la barra de tiempo que encendía y apagaba el semáforo, me quedé mirándolo mientras cruzaba el semáforo para volver pronto a casa: yo, la cara envuelta en penuria, él , la sonrisa inapagable en la cara. Me sostuvo la mirada con la naturalidad de quien no está haciendo teatro, infantil y sin rencor, mientras me alejaba otra vez miserable.

© de Nalimo Gutiérrez