LA PASIÓN DE UNA MADRE

A modo de recordatorio de la Pasión, por eso de que tenemos fresca la Semana Santa.

 

LA PASIÓN DE UNA MADRE

                                                                                       A Rainer Mª Rilke

 

Vi cómo mis claveles

morían en la tristeza de los lienzos

hoyando en tus pupilas

el camino del penitente

hasta el fondo de tu alma,

preñando tu dolor mejilla abajo

hasta parirlo en esa muerte lenta:

la madre frente al hijo agonizando.

 

© de Nalimo Gutiérrez

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MADRE E HIJO

¿Quién no recuerda haberse separado de sus padres y perderse de niño, esa angustia y ese alivio final cuando te encuentran?

 

MADRE E HIJO

I

Los continentes se separan

sobre escaleras mecánicas

trillando el magma

en las entrañas de la tierra.

Se separan de esa seguridad que hay

entre madre e hijo

sólo suspendidos en la unión gravitatoria

de ese amor filial indestructible.

Con las entrañas arañadas

tras ese escaparate que separa

a esas vidas tan unidas.

La voz del hijo se ahoga tras ese cristal.

Los ojos de la madre absortos en las compras

todavía no lo han visto solo y angustiado.

 

II

Álveos, los sentimientos brotan,

dejan un corazón vacío

por el perdido curso adonde

el suelo es un desconocido.

Van corriendo mejilla abajo

por todo un ardiente camino

a darle sangre a un mar de olas

que se consume embravecido

en una oscuridad tan ciega…

Luces, centellas sobre el niño,

angustia de neones, tiendas

que van atracando bolsillos.

El niño atracado en la esquina,

en espera de su destino,

se nublan los ojos en lágrimas:

no sabe su madre lo ha visto.

 

III

Bajo los pies se ve el aire:

ha desaparecido el suelo.

Al dejar la percha se cuelgan

latidos de angustia primeros

sobre una ausencia temida.

Mas, sobre sentidos lamentos

domina experiencia pasada.

Por eso, me vuelvo y me vuelvo.

Alrededor escaparates

que me devuelven mi reflejo:

mis ojos angustia y espanto.

Pero al bajar por mi cuerpo

sus ojos semillan mi vientre

por sobre detrás del reflejo.

 

 

 

IV

Los ojos de la madre coinciden

con los ojos de un niño tan rojizos

como húmedas sus mejillas

que abren su sonrisa mariposa.

La madre caza al vuelo su alegría,

la mete en el bote que abre

para que no se escape, y guardarla.

 

© de Nalimo Gutiérrez

INFANCIA FUGIT

Cuando la infancia parece huir de ti, cuando te bajas de su tren en marcha y ves que se va y se aleja, no dejas de luchar por retener sus recuerdos como si fueran lo último que te ancla a la vida, como la red de un cazador de sueños.

 

INFANCIA FUGIT

No se te vayan las transparencias de la infancia

huyendo sonrojadas, y con la vergüenza del tiempo

sofocada y casi sin aliento

rozando el sprint del cansancio

de una cortesía ya mayor

que hoy parece fuera de lugar.

 

Y esas transparencias hoy impalpables

se alejan de nosotros en silencio

como dormidas, palomas rezagadas

con aliento de mensajeras, lejos,

tan lejos de su origen, tan cerca a su destino

como del desenlace de los días.

 

Y se nos borran como recuerdos de un sueño,

tan intangibles como algo que estuvo ahí,

pero que ya no está para decirnos lo que fuimos

con la certeza del presente de los frutos palpables

y combustibles como aliento.

 

Se fue. Infancia fugit.

 

© de Nalimo Gutiérrez

 

NOCHE

Hoy quiero cantar a la noche con estas palabras. Creo que no he sido el único ni el último en quedar atrapado por su magia.

NOCHE

Ven noche a mí.

de que el crepúsculo salga

hasta la línea del alba.

Ven noche a mí.

 

Noche,

por tu oración solitaria,

por tu rosario sendero,

por tu fe de trampolín,

por tu sudario al viento,

por tu desnuda presencia,

por tu silencio misterio.

 

Noche,

vehemencia acostada,

ladrido agudo del perro,

todo temblor en las hojas,

toda la verdad sin miedo

que el niño cuenta al adulto

sin el manto del secreto.

 

Noche,

tiempo de bendita tregua,

tiempo de paz en el lecho,

tiempo de enterrar el hacha,

tiempo de admitir los hechos,

tiempo a sentarse a la mesa,

tiempo de camino recto.

 

Tu tinta es clara en la luna,

un lazo  que ata el lucero

y desata las mareas

bajo la calma del cielo.

 

Dime toda la verdad

de tapia de cementerio

silencio a boca de jarro

de café de insomnio lleno.

 

Todos en tu vientre oscuro,

madre universal tu seno.

Fresca tu agua sin sed,

árbol  de sombra eterno.

 

Voy noche a ti,

bota la luna y se esconde.

Voy noche a ti,

hasta que el sol se rompe.

 

© de Nalimo Gutiérrez

AL AMOR DE LA LUMBRE

Con un poquito de nostalgia por estos últimos coletazos de invierno hago un homenaje al otoño y al invierno, y al recogimiento al que nos obliga.

 

AL AMOR DE LA LUMBRE

Se van cayendo,

las horas de la tarde,

las hojas de los árboles.

 

Nos vamos recogiendo,

como juguetes en la caja,

como niños obedientes en la casa.

 

Y los árboles fuera

van remando sus hojas

se van doblando al viento a solas.

 

Dentro,

todo es silencio mayúsculo

NADA, palabra encantada (detrás del muro).

 

Fuera,

todo rugidos distantes,

nada en brazos abarcable.

 

El fuego de la hoguera entre la chimenea

nos abriga en todos los recuerdos que han pasado,

nos dormita en los sueños de un futuro robado,

 

y cuando el fuego se extingue en las horas

llega el nuncio del sueño a acunarme en el limbo

como perdón eterno, hundido en el olvido.

 

© de Nalimo Gutiérrez

EN TU AUSENCIA

EN TU AUSENCIA

En tu ausencia,

mientras tú no estabas para recibir mis besos,

mientras toda la noche la devoro en la luna,

mientras salto los charcos, los que anegan mi cielo,

mientras se dobla toda  la columna de mi árbol,

mientras busco tu techo yo bajo las estrellas,

mientras la oscuridad en el túnel del tiempo,

mientras no existe el mundo,  mientras no hay más planetas,

mientras el caos gobierna el vértigo en la nada,

mientras no hallo la brújula, la que me marque el Norte,

mientras el Norte, el Sur, Este y Oeste, tú,

mientras todo pregunto y la nada es respuesta;

 

en tu ausencia,

lanzo besos en sondas espaciales,

no agoto todo el hambre de tu tiempo,

no logro caminar sobre las lágrimas,

recojo tus recuerdos desde el suelo,

me abrigo en las estrellas y su frío,

yo sueño en mi máquina del tiempo,

recojo del recuerdo los escombros,

me tambaleo en el vacío del vértigo,

yo giro y giro como en un tiovivo,

vivo sin dirección como un sintecho,

albergo en la duda tu certeza;

 

en tu ausencia,

yo besaré tu estela,

yo detendré tu tiempo,

me secaré las lágrimas,

veré la primavera,

te detendré el tiempo,

reconstruiré tu mundo,

calentaré tu espera,

seguiré en este punto,

respetaré tu ley,

y mantendré tu rumbo,

tú, serás mi respuesta,

 

en tu ausencia.

 

© de Nalimo Gutiérrez

¿SOY ÉSE YO? (O EL MISTERIO DE CUANDO DESAPARECÍ AL CAER POR LA MADRIGUERA)

¿SOY ÉSE YO? (O EL MISTERIO DE CUANDO DESAPARECÍ AL CAER POR LA MADRIGUERA)

¿Cuántas veces nos sorprendemos al leer algo que habíamos escrito tiempo atrás, y dudamos de si esa persona y nosotros somos el mismo? Me alegra descubrir que esta misma sensación la comparte más gente. El otro día cayó en mis manos una reseña sobre el último libro de la escritora francesa Anna Serre: Voyage avec Vila-Matas. A lo largo de mi lectura afloran en cursiva las siguientes palabras de la autora (la traducción es mía): “El escritor que escribe sus libros no es la persona que está delante de vosotros. Nunca. La que está delante de vosotros tiene romances, una vida familiar, una bata, no le gusta el porridge, fuma demasiado, va todas las semanas al fisio, acaba de comprarse un abrigo nuevo, pasará sus próximas vacaciones en la Saboya. Sin embargo ésa, no es la que ha escrito un libro. La que ha escrito un libro no tiene cuerpo, no se la puede tocar, hasta es invisible.”

Tal vez el juego o fingimiento de creernos otro u otros, en un intento de abarcar el mundo, nos hace olvidarnos tanto de nosotros mismos… En otros casos, el de escritores “autobiográficos”, como el haitiano Dany Laferrière,  nos pone en duda de qué es real y cuál ficticia. Estamos constantemente borrando fronteras hasta en nuestros diarios, al punto de no reconocernos. El mejicano Sergio Pitol recuerda que “un novelista es alguien que oye voces a través de las voces y con ellas va trazando un mapa de su vida”, o se pregunta “si escribir ficción no será como recordar algo que no ha sucedido y de lo que retenemos fragmentos”. Lo cierto es que en ese rapto que escribimos, a veces, aparece ese vacío reflejo en el que avanza la palabra sola, y con ella la historia, sin que nosotros tengamos control alguno sobre la vida de ese mundo inventado que, al mirar nuestra rutina diaria, queda tan lejos de nosotros mismos… Parece como si esa mano, que nos pertenece, fuera la de un ser invisible a la que somos completamente ajenos, y que obedece a sus dictados ante nuestro pasmoso asombro tras ese tiempo de ausencia. Cuando la consciencia regresa, las páginas ya no siguen en blanco. Alguien, no sé quién, parece haber hurgado en nuestras cosas y haber convencido los espacios en blanco para contarnos una historia que, entre sueños, nos suena, pero cuyo resultado final se perfila ante nuestros ojos de sorpresa con toda una suerte de entresijos que, con toda seguridad, nunca habíamos previsto. Es como si la historia se hubiese escrito a sí misma. Los personajes cobran vida, toman sus propias decisiones, te roban la mano para dejar testimonio de su propia existencia. De pronto, la historia ya está escrita. Si bien conocíamos perfectamente bien el principio y el final del relato, como apunta Borges, lo que pasa entre el principio y el final es algo que bien escapa a nosotros. Y, en el caso de la novela, hasta modifica muchas veces el final.

¿Hasta qué punto existe el autor? ¿Hasta qué punto el lector se hace coautor? Para cuando queremos acordar el autor ha desaparecido. Se han borrado sus pasos, y lo único real que queda es la historia. Quizá ni eso. La historia se hace varias y la misma cuando la viven los lectores. Mucho se ha hablado sobre este tema desde Barthes, Foucault y Derrida.

 

© de Nalimo Gutiérrez