CAMINO A SORIA

 

CAMINO A SORIA

“Voy camino a Soria”

Gabinete Caligari

Machado, Bécquer y Gerardo Diego.

Sevillanos los dos, cántabro el último.

Todos surcaron el tren de tu cielo

que marcó para siempre su futuro.

 

Un romántico amor con el Moncayo;

profesores alumnos de Castilla.

Con sus paisajes fueron desposados

hasta en su voluntad volcar sus vidas.

 

En el franco carácter de sus gentes

voy soñando caminos de la tarde

hasta el enhiesto surtidor de sombra

 

nadando sobre los recuerdos de antes

hasta llegar a los que vivo ahora:

Soria ahí. Sobre el Duero cruzo el puente.

 

© de Nalimo Gutiérrez

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Voy camino a Soria (6)

Perdonad este silencio. Volvemos con más rincones por ver en la provincia de Soria, desde la ruta de los vinos a Berlanga, el Burgo de Osma y  la ruta por el cañon del río Lobo.

 

1 de noviembre  Berlanga de Duero

 

Naturales monumentos como una iglesia, una picota o rollo, un arco,…dan paso a unas casas con soportales o no, con paredes de adobe y maderas rectilíneas que recuerdan a las casas alemanas o de Alsacia. El callejón oliendo el goloso pan caliente de la panadería nos descubre una grandiosa iglesia en un pueblo pequeño que señala a un castillo trasero al pueblo tras las casas. Salimos y una fachada renacentista y una estatua de un fraile local tapan ligeramente un castillo magnífico, en la loma antes invisible, que domina la ciudad. Bajamos la calle a las afueras y las murallas y torreones de la fortaleza se extienden hasta lo inesperado y en muy buen estado. Berlanga, un secreto a la vista de todos.

 

1 de noviembre San Esteban de Gormaz

 

Iglesias, castillos, viñedos y vinos. De ellos una maravillosa iglesia románica y unas escasas botellas de vino en una panadería. Los viñedos los devoraron la ilusión y tal vez los gamusinos que al parecer existen aquí sí que existen, en la Soria del Mío Cid en forma de galletas de chocolate.

El castillo devorado por la roca de la peña que domina la villa se confunde con la misma y las casas que recuerdan a las casas-cueva de Guadix. Un sábado festivo de Todos los Santos sólo hace florecer en las afueras coches y nostalgia por la familia perdida. Las calles caminan por su soledad y la burla de los pocos fantasmas que a transitarlas nos atrevemos. La sombra de El Burgo planea.

 

1 de noviembre  El Burgo de Osma

 

Por un cañón en miniatura desde el castillo califal de Gormaz,  cañón de Añisclo reducido a su última esencia. Llegamos por accidente al río Ucero y al fondo el castillo de El Burgo. Buscamos San Esteban de Gormaz. Un buen samaritano nos tiende la mano amiga que sin querer nos lleva a la decepción.

Por suerte regresamos pronto a homenajearnos con los encantos de la ciudad obispal que ha privado de tal privilegio a la Soria capitalina. La plaza Mayor, la Casa Consistorial y el Convento que la saluda abren una calle Real alborotada. Tiendas de souvenirs, bares, resto de tiendas cerradas. La casualidad nos hace entrar en una tienda de chuches: La Alacena. Broche de oro al día. Gilbert, el ecuatoriano que regenta el negocio y su esposa, una simpática rubia oriunda, nos brindan el calor de la charla, lo muerto, inerte o etéreo nos lo sacia la ciudad. Esa humanidad nos bendijo por tantas horas de muertas piedras y largos caminos.

Luego de una larga espera en el Mesón de Marcelino vino sobre nosotros el infarto culinario a base de recetas del lugar, de copioso alcance como reto.

Las brumas del sueño comido de sueño sortean las curvas al cañón del río Lobo. El sendero no está hecho para un tiempo escaso. Curvas, curvas, un sabinar lejos de la Afrenta de Corpes escondida en Castillejo de Robledo. Y, un carril de tierra que bautiza en tierra roja el coche nos lleva al río Abión y del otro lado del puente ese desafío a la civilización de un puñado de casas de piedra: Abioncillo de Catalañazor. Allí unas rectas de asfalto rayando la llanura dan a leer los ángulos de un castillo desbaratado por el tiempo desde una atalaya. La leyenda dice que aquí Almanzor perdió el tambor (en Catalañazor). Una entrada medieval en pendiente como su hermana de Carcasona se decora con chimeneas cónicas (recuerdo de los ovnis), un rollo y un castillo divisan la planicie y avisan de la llegada de nuevos visitantes a la atalaya de Almanzor. La “menudencia” de nuestra pitanza devora pesada nuestros pasos.

Ya en la bajada un refresco casero de sauco, entre el champán, el mabí seibano y el cacheo vegano eructan mi plenitud y liberan mi movimiento.

El regreso a la capital se hace volando. Antes del descanso, visitamos la plaza Mayor. No quiero recordar a ese condenado olmo petrificado de Machado signo de mal agüero al lado de la tapia del cementerio y las lápidas del escaparate de una funeraria. Su visita me ha costado un esguince en el tobillo y casi una esposa atropellada por la policía municipal y guardia de tráfico.

De regreso por la arteria comercial de la calle Collado nos detenemos en el Casino y Club de los Amigos de los poetas, lugar de tertulia de Gerardo Diego, Antonio Machado, Gustavo Adolfo Bécquer,.. El casino, un escaparate hoy de áureo sabor acristalado, arañas doradas al techo y viejos con bastón, ancianas permanentadas y esculpidas, que embuten un abrigo, dan un aire de fotos de principios del siglo pasado, de niebla del ayer.

 

© de Nalimo Gutiérrez

EN LA CURVA DE LA HISTORIA

Dedicado a  la ciudad de Soria, el Duero y Numancia.

 

EN LA CURVA DE LA HISTORIA

En la huella aplastada el dinosaurio

tocó el primer tambor de asalto, fuego

invasor prehistórico ya. Luego

los romanos se dieron con el muro.

 

Las catapultas fueron más augurio,

pues no llegaron a vencer con fuego,

sino con una traición baja su ego.

El tiempo suena hasta San Saturio.

 

La sierpe abraza tus caderas, Soria,

acariciando el lazo, el río Duero,

el lazo numantino con la historia.

 

Es tu ribera un abrevadero,

mas en la boca de Machado, gloria,

musas, náyades, baño del lucero.

 

© de Nalimo Gutiérrez

Voy camino a Soria ( 5)

Seguimos por tierras sorianas, esta vez en la ineludible Numancia, para acabar la noche de tapas en el centro de Soria.

 

31 de octubre Numancia (Garray)

 

Sobre un altozano por encima del pueblo de Garray, también cuna de huellas de dinosaurio, salpican en la tierra los restos de la Numancia celtíbera. Los restos confirman la historia del trágico y mítico final de sus pobladores. La visita guiada al yacimiento corre a cargo del director de las excavaciones y arqueólogo responsable. Una calvicie batalladora contra una melena trasera engominada y encaracolada destacan una frente amplia y unos ojos claros que se esconden tras unas gafas. Su alto tamaño se une a unos brazos cruzados con disciplina y volumen de gimnasio. Su jovialidad festiva me hacen pensar en su amor por la caelia (cerveza numantina) de la que pretende facilitar su fórmula original para hacer una caelia más fiel a la de antaño. Al menos sus sentidos están más finos que los del vendedor de entradas al yacimiento, cuyo  despiste en saber si nos dio o no las entradas cuestiona si no su bonhomía su profesionalidad.

Unos postes blancos marcan en la lejanía el lugar de cada uno de los campamentos romanos del asedio.

Cuestionándonos sobre la rebeldía y su origen en la falta de actividad y enraizada en la ociosidad que es la que nos pone a pensar y maquinar, justificamos así el lema medieval “ora et labora”. Si rezas no molestas y si trabajas estás en lo que estás. Sabia fórmula para los que están en el poder.

El rito funerario celtíbero era la incineración para eliminar lo impuro y llegar al dios sol. Los restos se enterraban en la tierra que era la diosa Epona(representada por una yegua), quien cabalgaba para llevarlos al sol.

Al visitar las casas reconstruidas a partir de restos, nos hacen pensar en lo poco que nos diferenciábamos de ellos y lo válidos que eran sus planteamientos arquitectónicos y de vida incluso hasta hoy. Los restos de alimentos y huesos confirman una dieta de entre un diez y un veinte por ciento de carne, lo demás eran frutos secos (en la zona los robles y las encinas hacen pensar en el papel preponderante de la bellota), pues los cereales eran importados del Mediterráneo. Todo eso nos hace pensar por qué a los cerdos siempre se los mantenía fuera de la casa.

La noche cae en el yermo que se divisa, las ánimas numantinas prenden llama en el recuerdo.

 

 

31 de octubre   Soria de noche

 

Ducha rápida. Huesos y músculos molidos entre brumas de sueño y la agonía de querer disfrutar más.

Salimos a la calle donde los disfraces de Halloween se hacen notar. Pero lo que buscamos en el Bar Apolonia son sus chicharrones o torreznos. El cansancio y el vino acaban por noquearnos mientras degustaos una de las tapas de la Ruta Micológica de la Tapa. Antes de decir amén, entre el mareo de vino, empezamos a roncar ¡a las nueve de la tarde noche!

 

El despertador sonaba a las seis menos cuarto. ¡Qué rabia de sueño perdido para un cuerpo tan maltrecho! ¡PIPIPIP! ¡Qué dolor! ¡No me puedo mover! Es un nuevo día de batalla. ¡Levantaos guerreros, la muerte os llama!

© de Nalimo Gutiérrez

Voy camino a Soria ( 4)

Proseguimos con nuestro viaje por tierras sorianas. Nos acercamos a la ribera del Duero en las afueras de la capital.

 

31 de octubre Soria- Paseo por la ribera del Duero.

 

Cerrado el claustro de San Juan de Duero y la ermita de San Saturio. Mientras abren, el eterno Duero nos deleita con su murmullo, a la vez que gotea el ruido de las hojas que con distintos tonos de amarillo bautizan de hojas un cuadro impresionista sobre el prado ribereño que tilda el cauce de la savia del vino. Redondea sus colores un sol inusual en vísperas de Los Santos.

Crujen a mi paso como una melodía a naturaleza de árboles en estado de renovación. El sol prende fuego a sus hojas en espera del fénix de la primavera. Juegan las ondas en el agua si una hoja las quiere acariciar. Adolecen de preocupación sus mansas aguas. ¿A qué tanta prisa? Tengo fe en mi experiencia- confiesa un Duero confiado.

 

© de Nalimo Gutiérrez

Voy camino a Soria ( 3)

Otra semana más nos vemos para seguir visitando tierras sorianas. En esta ocasión nos ocuparemos de Ágreda, en las faldas del Moncayo y en la frontera con Zaragoza.

 

31 de octubre Ágreda

 

A lo lejos destaca el Moncayo, mitológico Olimpo del que salen los chorizos del bocadillo de la tarde de mi niñez. Destaca curioso ante la vista una cúmulo de nubes bajas que ocultan Ágreda. Las indicaciones de tráfico dicen que está ahí en las faldas del coloso tras la duda blanca que sortea toda visión clara del pueblo fronterizo con Aragón. Nada permite adivinar sus casas si bajo un sol de inclemencia se aprieta un colchón de algodón blanco aplastando el suelo. Sigo las indicaciones del GPS y de la carretera. Ni una sombra ni un perfil entre una atmósfera lechosa que hace magia a quince metros de distancia creando cosas de la nada. Fuera del coche la humedad y la oscuridad reinan sobre un tórrido sol que no logra atravesar el escudo de unas nubes bajas que hielan el día. Hiela el día como hielan sus muros, sus torreones, sus iglesias, su barrio árabe, su sinagoga, hoy sacrílego restaurante de cristianos. No sé si por un capricho al que soy ajeno ha decidido burlarse de la comodidad del día y de las fotos imposibles de un día de alterada iluminación.

¿Qué pecado ha tenido que cometer para merecer semejante eclipse de vida este digno pueblecito moncayés? Abandonamos tristes la tristeza que embarga el lugar de unas faldas que galopan al cielo.

Ya salidos de las profundidades de un averno lechoso, el sol gesticula una mueca de burla, azota nuestras cabezas, engreído, sin lograr perdonar a Ágreda de la herejía de su sinagoga y del secreto que no me dirán. Así me fui de aquel maldito punto de la geografía que hasta la naturaleza lucha por azotar en el aula sin presencia de sus iguales para sufrir la inflexible flexibilidad de su vara de membrillo callada bajo las tinieblas que sufre la villa en desigualdad con la limpidez azul que derrama sobre los demás pueblos que arropa la casa de la ribera del Duero. Ese río almacena ricos caldos, sus campos de encinas y robles regalan bellotas como soles, su capital desvela toda la alegría de un viernes de afán de ocio en unas calles agolpadas de voces, de gente, de tapas, de vinos y alegría a ríos que colman las calles que confluyen en la Alameda. En cambio las hojas muertas abandonan a los olmos y árboles que jalonan el cauce del Duero a orillas del claustro de San Juan y ahogan los prados que ruedan abajo con el agua hasta la ermita de San Saturio, y más allá, más, hasta donde mis pies malheridos no me dejan ir.

 

© de Nalimo Gutiérrez

LARGOMITRENVIAJE

LARGOMITRENVIAJE

¡Cómo se siente el velo sobre todas las cosas!

El tren que corre el paisaje

lo extingue a ritmo de párpado sobre el latido de la vía.

Su muerte fotográfica o renacer en ráfaga

semeja una película

con el ruido de fondo marcando la escena,

una nana de vaivén,

y  que va y que viene con la lejanía del sueño

sobre  una pista repetida de sonidos monocordes.

Los pétalos del sueño te estrechan en abrazo.

Paisaje inanimado que pone en vida el movimiento.

Inerte, mudo, pero en acción como película,

paisaje y seres vivos captados por la cámara,

siempre  tan quietos y en movimiento a la vez.

Todo, todo. Muy deprisa.

Sólo bajando del tren

me sentiré en la vida.

 

Me bajo.

Todo vuelve a la calma.

Las cosas y personas se automueven

ya no son fotogramas que el movimiento mueve.

 

Sólo en la soledad de mi cuarto baldío

regresa el estatismo a golpe de pestaña.

El albornoz envuelve el día.

Yo abrazo la noche.

 

Abro los ojos.

Y es el traqueteo el que me pone en marcha,

enciende la película

del día a día al trabajo inextinguible.

 

FIN

 

 

© de Nalimo Gutiérrez